Los domingos eran su dia preferido. Disfrutaba de la soledad y la tranquilidad de las calles. No estaba solo realmente, pero todos estaban tan ocupados en sus pequeñas porciones de vida que él pasaba inadvertido por todos lados. Y si. Disfrutaba mucho de eso. Esa semana había sido particularmente mala para él. Peleas en su trabajo, discusiones con su amada, complicaciones académicas, pequeñas frustraciones varias, y todo marcado por una rutina que lo enloquecía. Sus días estaban completamente gobernados por las 3 agujas del tiempo.
ringggg despertador 8:15 am
bipppp bipppp... microondas con café caliente (uh ya eran las 8:45, debería mejorar su tiempo en la ducha)
clinc clinc clinc pss... boleto de colectivo 9:15
CLANC... reloj fichador en el trabajo 9:55 (alguien alguna vez lo atrazo 5 minutos y les hizo un gran favor)
Y así los relojes seguían marcándole su ritmo. Poniéndolo a prueba constantemente, controlando su tiempo, sus minutos, o los días (-como puede ser que no me hayas llamado en días!!).
Odiaba al tiempo. Y sí, el nunca quiso usar un reloj en su muñeca, pero no fue tan fácil desligarse de las agujas. Se sentía derrotado.
Los domingos eran distintos. A casi nadie le gustaban, a él ese detalle le agradaba más. Hacía que los sintiese más suyos. Así se despertaba a cualquier hora, comía algo y salía a pasear.
Le gustaba caminar sin rumbo fijo y sin apuros. Observaba un poco por todos lados e iba viendo por donde meterse. Sentía que los domingos no tenían un ritmo fijado. Y la gente vivía su vida.
Era divertido verlos. Algunos caminaban apurados, otros paseaban muy lentamente.
Los parques estaban llenos. Parecían alegres, por lo que decidió sentarse en un banquito de una plaza. Lleno de pajaritos, los perros jugando con sus dueños, los niños en el arenero, parecía una película. Pero no era tan así. Se había asombrado por lo rápido que se amigaron los dos nenes en el arenero, inclusive para sorpresa de sus respectivas madres. Uno le prestó los juguetes al otro, hasta que a los 5 minutos se cansó y le dio un poquito de arena para comer. Y a él le causó gracia, no dejaba de ser una escena natural. Era un lindo domingo. Por la zona de la arboleda un abuelito le enseñaba andar en bicicleta a su nietito. Esto le trajo recuerdos de su tío Daniel, y sus intentos por convencerlo de que la bicicleta no se caería a un costado pese a tener solo dos ruedas, cosa que le parecía de lo más ilógica a él. Pero la escena era distinta ahora. El nenito estaba colorado y transpirado, pedaleaba con el abuelo empujando del manubrio y cuando lo soltaban apoyaba los pies en el piso asustado. Y entonces. Y entonces el abuelito le gritaba que no sacara los pies y le pegaba un cachetazo. Pobre niño no aprendió ni andar en bicicleta ni a contener las lágrimas. A él le provocó mucha bronca..... censuró sus ganas de matar al abuelito y decidió seguir su paseo. Después de todo era un domingo bonito, y el niño seguramente se reirá algún dia mirando a su abuelito muerto. Al menos esta visión morbosa lo tranquilizó.
Así siguió paseando de un lado a otro de la ciudad, convenciéndose de que estaba disfrutando de su domingo. Pero ya tenía cierta inquietud. Decidió dormir. Tal vez más tarde estuviese todo más calmo.
Y durmió, y comió, y se juntó con sus amigos, se divirtió y se olvidó del reloj por supuesto. Pero tuvo mala suerte y su ubicación no lo favoreció lo suficiente. De repente su corazón empezó a latir más fuerte, pero no alcanzó para tapar el aberrante sonido de las 12 campanadas. Ya no era su domigo. No había forma de engañarse, ahora la cuenta regresiba le iba robando minutos de sueño, o minutos bajo la ducha, o a su pobre café, o le haría llegar tarde al colectivo, y al trabajo...
Y así fue su domingo.



